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Influencia Externa: de la acción cotidiana a la pregunta cósmica

  • amalo55
  • hace 1 día
  • 14 min de lectura

Nota: este ensayo es la segunda parte de una serie. Se recomienda leer primero "Influencia Consciente" para tener el contexto completo antes de continuar.


Introducción


El ensayo anterior, "Influencia Consciente", trató una pregunta hacia adentro: qué tanto tu interpretación, tu atención y tu cuerpo participan en construir la experiencia que vives. No eres un espectador pasivo de tu experiencia. Tampoco eres un creador todopoderoso de ella. Hay un margen real de influencia, pero tiene límites biológicos y físicos claros.


Este ensayo trata la pregunta complementaria, y es un poco más difícil: qué tanto puedes influir en lo que está fuera de ti. No en cómo vives un evento, sino en el evento mismo. No en cómo interpretas una situación, sino en si esa situación llega a pasar. La pregunta suena simple: claro que actúas sobre el mundo, todos los días. Pero se complica en cuanto se profundiza un poco: ¿hasta dónde llega esa influencia? ¿Se queda en lo físico y lo social, o hay algo más, en el nivel más básico de la realidad, donde el hecho de que alguien esté observando importa de alguna forma?


Vamos por niveles, de lo más sólido a lo más especulativo. Mezclar la física de partículas con la idea de que la conciencia importa a nivel cósmico, sin avisar cuál es cuál, es justo el error que arruinó tantas versiones populares del "poder de la mente". Cada nivel se presenta aquí con la certeza que realmente tiene, y cuando se llega al terreno especulativo queda claro que es especulación, sin quitarle valor por eso.


Nivel personal y relacional


Actúas, y esa acción tiene consecuencias que van más allá de ti. Una palabra dicha en el momento correcto cambia el ánimo de otra persona. Una decisión afecta a quienes dependen de ella. Un gesto de cuidado cambia, de forma pequeña pero real, la vida de alguien más. Nada de esto necesita un mecanismo misterioso: es causalidad ordinaria, del tipo que estudian la física y la psicología social desde hace más de un siglo.


Y la forma en que interpretas y actúas cambia el tipo de consecuencias que generas. Alguien que interpreta un conflicto como una amenaza tiende a generar más conflicto. Alguien que lo interpreta como un desacuerdo resoluble tiende a generar una solución. Este nivel es el punto de unión entre la influencia hacia adentro y la influencia hacia afuera: una se convierte en la otra a través de la acción.


Nivel colectivo y cultural


Las cosas se ponen más interesantes cuando, en vez de mirar una acción individual, se mira la suma de muchas acciones individuales. Aquí entra la teoría de sistemas complejos, que estudia algo curioso: comportamientos simples, repetidos por millones de personas sin ninguna coordinación central, pueden producir patrones que nadie planeó. Ninguna persona diseñó una ciudad en su forma final; surgió de miles de decisiones individuales, como dónde construir una casa, dónde abrir un negocio o por dónde trazar una calle, repetidas durante siglos. Ningún comité inventó un idioma; surgió de millones de conversaciones que fueron dejando patrones. A este fenómeno se le llama emergencia: propiedades que no existen en ninguna parte por separado, pero sí aparecen cuando esas partes interactúan.


Tu influencia hacia afuera no se limita a tus interacciones directas. Cuando participas en una cultura, una institución o una tecnología, tu aporte se suma, de forma diluida pero real, a estructuras que después van a moldear la vida de personas que nunca vas a conocer. Es una influencia estadística, acumulativa: la misma razón por la que tu voto cuenta aunque casi nunca decida solo una elección, o por la que tu forma de consumir influye en un mercado aunque tú solo no lo muevas de forma visible. Algo parecido pasó con la tecnología: ningún ingeniero decidió, en solitario, que las redes sociales funcionaran enganchando la atención con recompensas impredecibles. Fue la suma de decisiones de diseño, tomadas por miles de personas en cientos de empresas compitiendo por tu atención, la que produjo un entorno digital que nadie planeó del todo y que hoy todos usamos. Este nivel está bien respaldado, por décadas de investigación en sistemas complejos y economía. Pero también es fácil exagerarlo: participar en una tendencia cultural no es lo mismo que controlarla. Confundir "yo contribuí a esto" con "yo causé esto" es una versión más sutil del mismo error que comete el pensamiento mágico a nivel individual.


Nivel planetario


Si se amplía todavía más la mirada, aparece algo que hace un siglo habría sonado a ciencia ficción y hoy es un hecho geológico medible: el ser humano, como especie, se ha convertido en una fuerza capaz de alterar el planeta a un nivel comparable con procesos que antes solo veíamos en la naturaleza, como la erosión, la actividad volcánica o las glaciaciones. A esto se le llama la hipótesis del Antropoceno: la idea de que la actividad humana ha dejado, y sigue dejando, una huella medible en el planeta. Se puede ver en la composición del aire, en los sedimentos, en qué especies sobreviven y cuáles no, incluso en los niveles de radiactividad que dejaron las pruebas nucleares del siglo veinte.


No hace falta creer en ninguna postura filosófica particular para aceptar esto. Es, en buena parte, un hecho documentado por geólogos y climatólogos, aunque la comunidad científica todavía discute algunos detalles, como en qué momento exacto empezó esta época. Y confirma algo, a la escala más grande donde la causalidad física sigue siendo un mecanismo ordinario: la acción humana, sumada, altera el propio sistema del que forma parte, no solo lo habita. Esta influencia planetaria tampoco necesita ningún ingrediente especial de la conciencia. Un enjambre de langostas también puede alterar drásticamente su entorno, sin que nadie le atribuya intención consciente. Lo distinto en el caso humano es la escala y la velocidad, no un mecanismo distinto. Este nivel es, igual que el anterior, sólido y verificable. Y también es el último punto del recorrido donde el mecanismo sigue siendo enteramente conocido: cuerpos físicos actuando sobre otros cuerpos físicos, sin que la conciencia como tal tenga que jugar ningún papel especial más allá de causar la acción.


Hasta ahora, la conciencia influye en el mundo igual que cualquier otro proceso físico: genera una acción, que genera una consecuencia. Pero hay una pregunta distinta y más incómoda: si existe algún nivel de la realidad donde la conciencia misma, no la acción física que produce, participa de forma más directa.


La frontera real: qué dice, y qué no dice, la física cuántica


Pocas ideas circulan tanto con tan poco respaldo real como esta: que la física cuántica demuestra que la conciencia crea la realidad, porque el observador "colapsa" algo llamado la función de onda. Veamos de dónde viene esta idea, y por qué la versión popular se equivoca.


El llamado problema de la medición en física cuántica es real, y sigue sin resolverse del todo casi cien años después de haberse planteado. En pocas palabras: un sistema cuántico, mientras nadie lo mide, se describe con algo llamado función de onda, que no da un resultado fijo sino una lista de probabilidades sobre distintos resultados posibles. Cuando se hace una medición, el sistema deja de comportarse así y aparece con un resultado concreto y definido. A ese cambio se le llama, de forma un poco informal, "colapso de la función de onda". La pregunta de qué cuenta exactamente como una medición, y qué provoca ese cambio, sigue siendo uno de los temas más discutidos en la física de fundamentos.


Aquí es donde nace el malentendido. En los primeros años de la física cuántica, algunos físicos llegaron a pensar que quizás era la conciencia del observador, específicamente, la que causaba ese colapso. El más conocido de ellos fue Eugene Wigner, durante una etapa de su carrera. No el simple hecho físico de que un aparato midiera algo, sino la conciencia misma. Fue una idea seria en su momento, propuesta por un físico de primer nivel, y por eso tiene cierto peso histórico. Pero el propio Wigner terminó abandonando esa idea, y el resto de la física de fundamentos se fue con fuerza en otra dirección.

La razón principal tiene nombre: decoherencia. Se estudia en detalle desde los años setenta, y con más fuerza desde los noventa. La decoherencia muestra que un sistema cuántico deja de comportarse "de forma cuántica" con solo interactuar con lo que lo rodea: el aire, la luz, cualquier otro objeto físico. No hace falta ningún observador consciente. Un detector, una simple molécula de aire o incluso un fotón ya cumplen esa función. La decoherencia no resuelve del todo el problema filosófico de por qué se obtiene un resultado y no otro. Ese debate, entre distintas formas de interpretar la física cuántica, sigue abierto. Pero la decoherencia sí elimina la necesidad de que la conciencia tenga algo que ver. Las principales interpretaciones que compiten hoy en física, incluyendo versiones cuidadosas de Copenhague, la de los mundos múltiples, la mecánica bohmiana y teorías de colapso objetivo, explican el fenómeno sin necesitar un observador consciente. Ninguna interpretación seria y ampliamente aceptada sostiene hoy que la conciencia, en particular, sea el mecanismo detrás del colapso.


Esto importa porque buena parte del atractivo del "pensamiento cuántico" popular depende justo de esa afirmación sin respaldo. Si se quita esa pieza, no queda automáticamente nada en su lugar: no significa que la realidad sea completamente indiferente a que alguien observe, sino que el mecanismo específico que suele repetirse, la idea de que "tu mente colapsa partículas con solo mirarlas", no tiene el respaldo que se le atribuye. Cualquier especulación honesta sobre el papel de la conciencia en el universo tiene que empezar reconociendo esto, no evitándolo. Es justo en este punto donde termina la física establecida y empieza, de forma clara y declarada, la filosofía.


La especulación honesta: qué proponen las ideas más ambiciosas


Una vez descartada la versión popular sobre el colapso cuántico, queda una pregunta legítima, que la física por sí sola no puede responder porque se sale de su método: si la autoconciencia juega algún papel en la estructura o el rumbo del universo, más allá de ser un fenómeno local que ocurre en algunos cerebros de un planeta pequeño. Hay cuatro respuestas filosóficas serias a esa pregunta, y ninguna es ciencia establecida, en el sentido en que sí lo son la decoherencia o el Antropoceno. Son, en distintos grados, especulación filosófica: ideas construidas con lógica cuidadosa, defendidas por pensadores serios, pero que hoy no se pueden verificar con el método experimental, y en algunos casos quizás nunca se puedan verificar. Eso no las vuelve arbitrarias ni las iguala a la pseudociencia. Simplemente las coloca en otra categoría, con sus propios criterios: qué tan coherentes son por dentro, cuánto explican, y qué tan claras son sobre sus propios límites.


El universo participativo de Wheeler


El físico John Archibald Wheeler, una figura importante de la física teórica del siglo veinte, propuso hacia el final de su carrera una idea que llamó el "universo participativo". No partía de la afirmación popular sobre el colapso cuántico, sino de algo más sutil: los llamados experimentos de elección demorada, donde ciertas propiedades de un sistema cuántico parecen depender de decisiones tomadas después de que el fenómeno relevante ya había ocurrido, al menos según la forma normal en que entendemos el tiempo. A partir de esto, Wheeler especuló que el universo quizás no sea una estructura ya terminada que los observadores simplemente describen desde afuera, sino un proceso que se va definiendo, en algún sentido profundo, mediante actos de observación, no necesariamente conciencia en el sentido de todos los días, sino algo más parecido a "actos de registrar información", repartidos a lo largo de toda su historia.


Wheeler resumía esto con una imagen que se hizo famosa: el universo como un circuito que se retroalimenta a sí mismo, donde el observador no está simplemente parado afuera mirando, sino que participa en darle forma a lo que observa, y esto ocurre a lo largo de tiempos enormes, no solo en el momento presente. Pero hay que tener cuidado con lo que esto no dice: no propone que la mente elige el resultado de un experimento, como si pudieras decidir con el pensamiento que salga cara en vez de cruz. Propone algo más raro y más difícil de explicar con palabras simples: que la línea entre "lo que existe" y "lo que queda registrado como existente" quizás no sea tan clara, a escala del universo entero, como parece a simple vista. El propio Wheeler la presentaba como una exploración, no como una teoría física comprobada. Hoy se la trata como una entre varias posturas filosóficas interesantes dentro del debate sobre cómo interpretar la física cuántica, no como algo ya establecido.


El principio antrópico


Una segunda línea de pensamiento parte de una observación distinta: las constantes físicas fundamentales del universo, como la fuerza de la gravedad, la masa del electrón o la intensidad de la fuerza nuclear, parecen estar ajustadas con una precisión enorme, justo dentro del rango que permite que existan estrellas, elementos pesados y, con el tiempo, vida. Cambios relativamente pequeños en varias de esas constantes habrían producido un universo sin átomos estables, sin química compleja, sin ningún tipo de ser capaz de observar nada. A esto se le llama "ajuste fino", y la pregunta de por qué el universo parece estar ajustado de esta forma tan específica es uno de los problemas abiertos más discutidos en cosmología.


El principio antrópico, en su versión más cuidadosa, conocida como la versión débil y propuesta por Brandon Carter, no dice que el universo fue diseñado para producir observadores, sino que cualquier observador que exista para hacerse esta pregunta necesariamente se va a encontrar en un universo compatible con su propia existencia, sin importar qué tan improbable sea ese universo entre todos los posibles. Es, en cierto sentido, un argumento sobre sesgo de selección, aplicado a escala cósmica: solo puedes preguntarte esto desde un universo donde la pregunta es posible. Existen versiones más fuertes del principio, que sí sugieren que el universo casi tiene que producir observadores, pero esas versiones tienen mucho menos respaldo y se acercan más a la especulación metafísica que a un argumento físico riguroso. Lo que sí aporta esta idea, en su versión débil, es una pieza legítima del rompecabezas: la existencia de observadores conscientes no es un detalle sin importancia para entender por qué el universo tiene las propiedades que tiene, aunque tampoco significa que esos observadores hayan causado activamente esas propiedades.


El panpsiquismo


Una tercera propuesta, más radical, le da la vuelta a la pregunta habitual sobre la conciencia. En vez de preguntar cómo surge la conciencia a partir de materia que originalmente no la tiene, el panpsiquismo propone que quizás la pregunta parte de un error de fondo: tal vez algún grado mínimo de experiencia, o algo parecido a ella, sea una propiedad básica de la realidad física, presente de alguna forma incluso en sus componentes más simples, algo así como la carga eléctrica o la masa. Bajo esta idea, la conciencia humana no surgiría de la nada a partir de materia completamente sin experiencia, sino que sería una organización particularmente rica de algo que, en formas mucho más simples, ya estaría presente en todas partes.


Esta postura tiene defensores filosóficos serios hoy en día. Su atractivo principal es que evita un salto lógico difícil: explicar cómo algo tan distinto como la experiencia subjetiva puede surgir de algo que, se supone, no tiene absolutamente nada de eso. No ofrece, al menos por ahora, ninguna forma de predecir o comprobar qué sería esa "experiencia mínima" en una partícula, ni cómo se combinaría para formar una experiencia unificada como la humana. A esto se le llama el "problema de la combinación", y es probablemente la objeción más fuerte contra la idea: si un electrón tuviera algo remotamente parecido a experiencia, y otro electrón también, no hay ningún mecanismo propuesto que explique por qué millones de esas experiencias diminutas se juntarían en una sola experiencia unificada, como la que tienes al mirar un atardecer, en vez de quedarse como millones de experiencias separadas, sin ninguna relación entre sí. No es una teoría física, y sus propios defensores lo reconocen así.


La emergencia de complejidad de Kauffman


La cuarta idea viene de otro lugar: la biología teórica y el estudio de sistemas complejos. Stuart Kauffman ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar cómo la complejidad, incluida la vida misma, puede surgir de forma espontánea en sistemas químicos y biológicos, bajo ciertas condiciones, sin necesitar un diseño externo ni una selección natural que empiece a operar desde cero. Su trabajo sugiere que el universo tiene una tendencia estructural, no solo hacia el desorden creciente que predice la segunda ley de la termodinámica, sino también, en ciertos rincones y bajo condiciones específicas de flujo de energía, hacia la organización espontánea de sistemas cada vez más complejos.


Kauffman ha llevado esta idea, en trabajos más recientes y explícitamente especulativos, hacia una pregunta más amplia: si el universo tiene esta tendencia hacia la complejidad creciente, ¿es razonable pensar que la aparición de seres capaces de autoconciencia, organismos con sistemas nerviosos complejos y, en algún punto, humanos, sea una consecuencia casi natural de esa tendencia, y no un accidente aislado en un universo por lo demás indiferente? Esta idea conecta con el ajuste fino del principio antrópico, pero al revés: no pregunta por qué las constantes físicas permiten la vida, sino si, dadas esas constantes, la complejidad y la conciencia tienden a aparecer con regularidad, en vez de ser un accidente casi imposible. Kauffman ha llegado incluso a sugerir que ciertos fenómenos biológicos podrían no explicarse del todo con las leyes físicas conocidas, de la misma forma en que un ecosistema no se explica por completo enumerando las moléculas que lo componen. Esta postura sigue siendo minoritaria y discutida dentro de la propia biología teórica. Es un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar esta línea de pensamiento en su versión más audaz.


Cuatro ideas, un rasgo común


Estas cuatro ideas no encajan perfectamente entre sí en todos sus detalles: Wheeler habla de participación activa en el registro de información, el principio antrópico habla de sesgo de selección, el panpsiquismo habla de una propiedad básica de la materia, y Kauffman habla de una tendencia estructural hacia la complejidad. Pero comparten algo en común: todas toman en serio la posibilidad de que la aparición de la autoconciencia no sea un detalle marginal y accidental en la historia del universo, sino algo que merece una explicación tan seria como las leyes físicas fundamentales. Ninguna de ellas, sin embargo, ofrece una forma de distinguir experimentalmente entre "la conciencia importa a nivel cósmico" y "la conciencia es un fenómeno local, sin ninguna importancia a mayor escala, que simplemente se pregunta a sí misma si importa". Esa es la situación actual: preguntas serias, respuestas filosóficamente coherentes, y ninguna forma disponible de resolver el asunto con el método experimental que resuelve otro tipo de preguntas.



Diferenciación: qué es esperanza filosófica y qué es ciencia


Los niveles colectivo y planetario, junto con el análisis de por qué el colapso cuántico no depende de la conciencia, son ciencia establecida o casi establecida, con evidencia que se puede revisar, poner a prueba y, en principio, refutar. Las cuatro ideas de la sección anterior, Wheeler, el principio antrópico, el panpsiquismo y Kauffman, no están en esa categoría. Son especulación filosófica seria: la diferencia con la ciencia comprobable no está en qué tan sólida es cada una, sino en qué tipo de pregunta es.

Hay otra tentación, en sentido contrario: descartar toda esta sección solo por ser "filosofía", como si eso la volviera irrelevante. La física misma se apoya en supuestos filosóficos que no puede demostrar desde adentro: por qué existe algo en vez de nada, por qué las matemáticas describen tan bien la realidad física, o si las leyes físicas existen por sí mismas o son solo la forma en que describimos patrones que se repiten. La filosofía especulativa no es una versión débil de la ciencia. Es la herramienta que se usa justo donde el método experimental no puede llegar. Rechazarla sin más no es más riguroso que aceptarla sin crítica: ambas son formas de evitar la pregunta incómoda.


Conclusión


Juntar la influencia hacia adentro y la influencia hacia afuera deja una imagen más completa que cualquiera de las dos por separado. Hacia adentro, no eres un espectador pasivo de tu experiencia: tu interpretación, tu atención y tu cuerpo participan activamente en construirla, dentro de límites reales. Hacia afuera pasa algo parecido: tu acción se propaga de forma directa en lo personal, sumada en lo cultural y geológica en lo planetario, y, en el nivel más básico de la física, esa influencia no necesita ni se explica por ningún mecanismo especial de la conciencia sobre la materia. Y sin embargo, justo donde la física establecida se queda sin respuestas, hay preguntas filosóficas serias y todavía abiertas sobre si la aparición de la autoconciencia es un detalle sin importancia en la historia del universo, o algo que merece un lugar más central en ella.


El papel real de la autoconciencia, entonces, no es el de una creadora todopoderosa de la realidad con solo desearlo, ni el de una espectadora completamente irrelevante en un universo que sería exactamente igual sin ella. Eres un proceso físico dentro del universo, capaz de entenderlo parcialmente y de actuar sobre él con las herramientas normales de la causalidad: tu cuerpo, tu lenguaje, tu participación en estructuras colectivas. Y al mismo tiempo, eres, hasta donde la ciencia puede confirmar hoy, el único punto conocido en todo ese universo donde él mismo se vuelve capaz de preguntarse por su propia naturaleza. Si esa capacidad de preguntar tiene o no un peso especial en la estructura última de las cosas, es algo que la ciencia disponible hoy no puede resolver. Lo que sí se puede decir es que el simple hecho de que esta pregunta se pueda hacer, que exista algo capaz de preguntarse cuál es su lugar en el universo, ya es, en sí mismo, uno de los datos más extraños que el universo contiene.


 
 
 

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